Cualquier cosa que hagamos, pensemos o expresemos nos define. Nos define la ropa que vestimos, el coche que tenemos o la opción política por la que nos decantamos. Pero también nos define el tipo de información que compartimos en nuestro entorno social de Inernet. Y nos define porque proyecta una imagen de nosotros: de lo que somos y de lo que queremos ser.
De esta manera, cuando voluntariamente decidimos colgar un video en nuestro perfil de Facebook, en Twitter o en Linkedin, en realidad estamos mostrando al resto una manera de pensar, unos gustos y unos intereses particulares, por los que también queremos que se nos identifique.
El tiempo dedicado como forma de ‘pago’
Se trata de un nuevo modelo de consumo que no se paga con dinero, sino con tiempo. Obviamente, esto plantea una situación de mercado diferente a la que ha imperado en las útlimas décadas.

En consecuencia, las marcas deben adaptarse a este nuevo contexto, aportando contenido de valor, que actúe como un producto en sí mismo y no tanto como un mero canal de difusión de léxico publicitario.
De ello se deriva este nuevo concepto que es el video social (social video para los anglosajones) y que está tomando posiciones más que relevantes en las campañas de marketing y publicidad online. Básicamente, porque es un tipo de video que comprende las necesidades de este contexto social de Internet.
No es suficiente con subir un spot a Youtube para tener un video social. Y no lo es básicamente porque un spot está construido desde una perspectiva de marca y no desde el punto de vista del usuario o consumidor. Así, diferenciaríamos una video receta que se reproduce mediante un código QR de un spot en lo que se recalca únicamente son las virtudes y el nombre del producto.
La búsqueda de la interacción
En este nuevo contexto social, ya no solo se valora el impacto sobre el PO (público objetivo), sino que se premian las interacciones que este público tiene con la marca.
Si a esto le añadimos la fuerte pegada que han supuesto los dispositivos móviles y los smartphones, junto con el tiempo que dedicamos a relacionarnos con otras personas en la red, el resultado de la ecuación es más que evidente.








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